El sol comenzaba a ponerse en el horizonte y la temperatura
iba bajando a medida que la luz natural se atenuaba. Las farolas se comenzaban
a encender y Brightport se iba inundando así de aquel reflejo dorado. En las
pantallas de la Plaza de la Victoria comenzaban a mostrarse los nombres de
aquellos evolucionados a los cuales las partidas de caza habían encontrado y
eliminado en aquella jornada, ante lo cual muchas personas se reunían allí, ya
fuese preocupados por algún familiar que hubiese huido, por algún conocido en
dicha situación, por puro y simple morbo o incluso por apuestas. No eran
apuestas ilegales, ni mucho menos: el propio Gobierno Decisor de la ciudad
había facilitado estas apuestas instalando una cabina acristalada en la cual se
marcaba la apuesta, un código referente a la cuenta bancaria y se metía la
cantidad de dinero que se ponía en juego. Si se ganaba, ese dinero iba
directamente a la cuenta del vencedor y, si no ganaba nadie, ese dinero se
recaudaba como impuestos.
Hecha la ley, hecha la trampa. No eran pocas las ocasiones
en las que este dinero caía en manos del Gobierno Decisor, puesto que la apuesta
no podía darse en intervalos, y acertar el número exacto, en días de muchísima
actividad, en los que las partidas podían haber matado a decenas de evolucionados,
superando alguna vez el centenar, era muy difícil de adivinar.
Aquel no era uno de esos días, inclusive podría haber sido
un día demasiado simple. La muerte del Kaiser Zauberkünstler y la ausencia de
decisión por parte de los miembros del Gobierno de nombrar a un nuevo Kaiser, a
un sucesor, retenía a un gran número de militares y miembros del orden dentro
de la capital por miedo a una rebelión, una manifestación de sus verdaderos
deseos como ciudadanos. Quedaban partidas en el exterior de la ciudad, fuera de
la barrera metálica que separaba a Brightport de los bosques que la rodeaban, vigilando
por si encontraban a algún evolucionado más que añadir a la lista de 3 muertos
de aquel día.
‘’Aleena Svensson, Thomas Michalka y Dominic Lockterra’’,
los ojos morenos de una chica, ataviada con un vestido corto blanco y un
chaquetón de pelo gris, leían y releían los tres nombres allí puestos. Se había
equivocado de manera rotunda, tanto en número como en nombres, sobretodo le
había descolocado ver el nombre del pequeño de los Lockterra allí cuando el del
hermano mayor aún no había aparecido, estando bastante mayor y demacrado la
última vez que la chica había estado en el campamento del camino de Ancient
Bay. Y podía obligar a la gente a hacer mil cosas, podría dar una orden y la
mitad de los allí presentes la colmarían a regalos, le darían lo que tuviesen o
lo que ella quisiera. Pero no era tan divertido, no tanto desde que había
descubierto que en la vida existía un componente llamado azar, que todo lo
cambiaba. En algunas personas, la emoción estaba en engancharse de un cable y
tirarse desde un puente para liberar adrenalina. En el caso de Ainhoa Berneri,
liberaba adrenalina única y exclusivamente cuanto menos podía controlar de lo
que sucedía a su alrededor, por lo que iba allí todos los días, a la Plaza de
la Victoria, seducía a algún hombre y apostaba un poco de dinero.
Chasqueó la lengua y se recogió el cabello en una coleta
antes de salir de aquel lugar. Un día de mala suerte, y a la máquina no podía
darle una orden para hacerla ganadora. Tendría que buscar alguna manera de
divertirse aquel día. Entonces escuchó una pequeña melodía proveniente del
bolsillo del chaquetón y la pantalla del teléfono móvil indicaba que había
llegado un mensaje. Un mensaje de ‘’Papá’’. Extrañada, puesto que no era algo
demasiado común que su padre se preocupara por ella cuando se encontraba fuera
de su casa, y mucho menos común que en el mensaje pusiera que ‘’saliese
corriendo de la ciudad lo antes posible, que no estaba a salvo’’.
Las piernas le temblaban y la primera idea que le vino a la cabeza
fue reírse, irónicamente. No podía ser que la hubiesen descubierto, que
hubiesen descubierto su secreto. ¿Cómo podían descubrir a alguien cuyo poder
era convencer a los demás? ¿Es que acaso dejaba una estela de destrucción a su
paso que ella era incapaz de ver?
Un par de segundos más de duda y sería carne de las partidas
de caza dentro de Brightport, así que tendría que aprovechar el poco tiempo que
le quedaba der ser una evolucionada anónima más a ser el objeto de deseo de
todo. Giró sobre sus talones y echó a correr calle abajo, hacia la salida más
próxima de la ciudad. No se encontraba lejos de la Puerta Sur y podría llegar
en cinco minutos a lo sumo corriendo. Se le despejó la mente: ¿cómo iban a
poder cazarla en menos de cinco minutos?
Giró un par de calles, casi volando de lo rápido que iba,
pasando por delante del Palacio de Justicia y rebuscó en sus bolsillos la
identificación que necesitaba para poder salir de la ciudad más allá de las
ocho de la tarde. La ciudad ya estaba completamente a oscuras cuando alcanzó la
Puerta Sur de la ciudad y, con las manos vacías, sólo podía valerse del guardia
que había junto a la salida.
No necesitó ni diez segundos en darle la orden para que
apretase el botón y ella pudiera salir de Brightport. Pero algo iba mal. No
podía ser tan fácil.
Observó el cuerpo de un chico apartándola con la mano y cómo
algo pasó rozándole el cuerpo, quemándole la piel y rasgándole parte del
vestido a la altura del muslo. Los cabellos se le habían desprendido de la
coleta a medida que había avanzado corriendo y, en ese momento concreto, estaba
demasiado aturdida. Volvió a notar la fuerza del chico tomándola de la mano
mientras una voz le gritaba que corriese, que estaban persiguiéndola.
Tras ellos, una
partida de caza de unos diez miembros les perseguían internándose en el bosque.
Un árbol, dos árboles, diez árboles… dejaban atrás vegetación y más vegetación,
perdiendo completamente de vista la ciudad. Incluso parecían haber dejado atrás
a los guardias cuando llegaron a la orilla de un lago, donde el chico se rasgó
parte de la camiseta para vendarle la pierna herida que había limpiado con agua
del lago. Había sido un movimiento rápido y fluido: el agua ni había tocado la
mano del chico y un pequeño chorro emanó el lago en dirección a la pierna de
Ainhoa, que aún no se recuperaba de la conmoción.
Tras un par de minutos aparecieron de nuevo los militares de
la partida de caza y el chico gritó a Ainhoa que corriese hacia el lado contrario
del lago, mientras él volvía a hacer movimientos fluidos con sus manos y una
gran ola impactaba contra un par de los soldados. No obstante, cuando el agua
golpeó sus cuerpos, a la vez, hubo un ruido más potente que aquel impacto. El
cañón de la pistola de uno de los militares que no habían sido alcanzados por
la ola desprendía humo.
Y, sobre el chaquetón de pelo, una mancha roja comenzó a
extenderse por la ropa de la italiana.
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